Pasión justiciera: el oscuro placer de la condena pública y su precio
De cómo convertimos la moralidad en un reality show donde el perdón es una reliquia vintage y la crueldad se disfraza de virtud.
Estamos en enero de 2026, en España, observando cómo la lluvia golpea el cristal de una cafetería mientras las pantallas de nuestros teléfonos arden con la última polémica del día. Es un momento extraño en la historia, donde la tecnología más futurista convive con instintos medievales, y donde la reputación de una persona puede desmoronarse en lo que tarda en enfriarse un café.
El ruido de los cristales rotos
Acabo de pedir un cortado y, mientras el camarero hace sonar la máquina de vapor, no puedo evitar fijarme en la pareja de la mesa de al lado. No se hablan. Ambos miran sus dispositivos con el ceño fruncido, deslizándo el dedo con esa mezcla de aburrimiento y ansiedad que define nuestra era. Probablemente están consumiendo el último linchamiento digital, esa droga barata que nos suministran las redes y que hemos aprendido a necesitar para sentirnos, paradójicamente, buenas personas.
Hay algo fascinante y terrible en el ambiente. Si cierras los ojos, casi puedes oír el ruido de los cristales rotos. No son escaparates físicos, sino vidas ajenas. La «pasión justiciera», ese impulso irrefrenable de señalar, juzgar y condenar sin juicio previo, se ha convertido en el deporte nacional. Y lo curioso es que no lo hacemos por maldad, o al menos eso nos decimos frente al espejo; lo hacemos porque nos han vendido que la indignación es la nueva forma de la virtud.
Llevo días dándole vueltas a un texto brillante de Cristina Casabón que disecciona este fenómeno con la precisión de un cirujano. Ella lo llama «pasión justiciera», y al leerla, sentí ese escalofrío de quien ve su propio reflejo en un escaparate oscuro. Porque, seamos honestos, todos hemos estado ahí. Todos hemos sentido esa punzada de superioridad al ver caer a alguien en desgracia.
La guillotina en el bolsillo
Imagina por un segundo una plaza pública del siglo XVII. La gente se agolpa, grita, tira verdura podrida al desgraciado que han puesto en el cepo. Huele a sudor y a rabia. Ahora, cambia el escenario. Elimina el olor y la plaza de tierra. Pon luces LED, avatares de colores y notificaciones que vibran suavemente en tu bolsillo. La tecnología ha cambiado, el escenario es futurista, pero la dinámica humana es dolorosamente vintage.
Lo que estamos viviendo es un retorno a lo tribal, pero con fibra óptica. La justicia, esa dama ciega que sopesa pruebas y contextos, nos parece ahora demasiado lenta, demasiado aburrida. Requiere tiempo, requiere escuchar, requiere esa palabra casi prohibida: matices. Y en la economía de la atención, el matiz no cotiza. Lo que vende es el titular sangriento, la sentencia en 280 caracteres, el meme que ridiculiza al caído.
Es como si hubiéramos decidido que el sistema judicial es un trasto viejo, como un fax o un teléfono de rueda, y lo hubiéramos sustituido por un tribunal popular permanente que nunca cierra, que no admite alegaciones y donde el veredicto siempre es culpable hasta que se demuestre lo contrario (y a veces, ni aun así).
El narcisismo de la bondad
Aquí es donde la cosa se pone interesante y, a la vez, perversa. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué participamos en estas lapidaciones virtuales? La respuesta no es que seamos monstruos, sino que somos narcisistas morales.

Necesitamos sentirnos «en el lado correcto de la historia». Y la forma más rápida, barata y sencilla de demostrar nuestra pureza no es haciendo el bien en silencio —ayudando al vecino, donando sin publicarlo, perdonando un error—, sino señalando el mal en público. Es una transacción económica: yo denuncio tu pecado, y al hacerlo, brillo un poco más. Mi luz se alimenta de tu sombra.
Esta «pasión justiciera» es un disfraz. Nos vestimos de jueces implacables para ocultar nuestras propias miserias. Cuanto más gritamos contra el error ajeno, más creemos alejar la posibilidad de que se descubran los nuestros. Es un mecanismo de defensa psicológico tan antiguo como el mundo, pero amplificado por algoritmos que saben que la ira retiene al usuario más tiempo que la alegría.
La crueldad, cuando se disfraza de justicia, se vuelve adictiva. Nos permite ser violentos sin sentir culpa. Al contrario, nos sentimos héroes. «Estoy limpiando el mundo», pensamos mientras tecleamos un insulto o compartimos un bulo sobre la persona cancelada de la semana. Pero no estamos limpiando nada; solo estamos ensuciando el ágora con nuestros propios miedos proyectados.
La muerte del contexto y el fin del perdón
Si hay algo que me aterra de este escenario es la desaparición del contexto. En el mundo de la pasión justiciera, explicar es justificar. Si intentas decir: «Oye, espera, quizá esto se dijo en un tono irónico», o «Tal vez deberíamos ver qué pasó antes», inmediatamente eres etiquetado como cómplice.
El contexto requiere pausa, y la pausa es enemiga del scroll. Hemos creado una cultura que castiga la curiosidad y premia el dogma. O estás conmigo o estás contra mí. O eres puro o eres un monstruo. No hay grises. Y un mundo sin grises es un mundo en blanco y negro, un mundo plano, sin profundidad, sin vida real.
Y en este paisaje árido, la víctima más ilustre es el perdón. El perdón es un concepto complejo, profundamente humano y, si me apuras, revolucionario. Implica reconocer la falta, pero también la humanidad del otro. Implica creer en la redención, en la capacidad de cambio. Pero la turba digital no quiere redención; quiere aniquilación.
El perdón se ha vuelto algo retro, casi una excentricidad de otra época. Hoy, un error cometido hace diez años, un tuit desafortunado de la adolescencia, una frase sacada de contexto, es una sentencia de muerte civil. No hay prescripción del delito en la nube. Internet es un elefante que nunca olvida y, lo que es peor, nunca perdona.
Un futuro de inquisidores asustados
Miro a mi alrededor en la cafetería y me pregunto hacia dónde vamos. Si seguimos alimentando esta bestia, el futuro que nos espera no es el de una sociedad más justa, sino el de una sociedad más paranoica.
Estamos construyendo un panóptico donde todos somos guardias y prisioneros al mismo tiempo. Nos vigilamos unos a otros con recelo. «Cuidado con lo que dices», «cuidado con ese chiste», «cuidado con esa foto». La autocensura se convierte en la norma de supervivencia. Y una sociedad que tiene miedo a hablar es una sociedad que deja de pensar.
Lo irónico es que creemos que esto es progreso. Pensamos que al ser tan intolerantes con el error estamos elevando el estándar moral. Pero la historia nos enseña que el puritanismo, venga de la iglesia o venga de una red social, siempre termina igual: con hogueras. La diferencia es que ahora el fuego no quema la carne, quema la identidad, el empleo, las relaciones y la salud mental.
La «justicia» de la que tanto se llenan la boca estos justicieros de sofá no busca reparar el daño a la víctima (a la que a menudo instrumentalizan y luego olvidan), sino saciar la sed de sangre del espectador. Es el circo romano, pero con Wi-Fi.
La resistencia analógica
Frente a este panorama desolador, quizá la única revolución posible sea volver a lo básico. Recuperar la escala humana. Volver a mirar a los ojos a la persona con la que discrepamos, en lugar de citar su tuit para que nuestros seguidores la despedacen.
Necesitamos reivindicar el derecho a equivocarnos, a ser imperfectos, a ser contradictorios. Necesitamos volver a poner de moda la duda. La certeza fanática es vulgar; la duda es elegante, es inteligente, es humana.
Tal vez, la próxima vez que sintamos ese impulso eléctrico de sumarnos a un linchamiento, deberíamos hacer una pausa. Respirar. Recordar que la persona al otro lado de la pantalla tiene madre, tiene miedos, tiene días malos, igual que nosotros. Que nadie resistiría un examen minucioso de cada segundo de su vida.
La verdadera justicia no es una pasión; es una virtud fría, racional y medida. Lo otro, lo que vemos arder en nuestros teléfonos en este lluvioso enero de 2026, es solo venganza vestida de gala. Y la venganza, amigos, nunca ha construido nada que merezca la pena habitar.
Preguntas frecuentes sobre la nueva inquisición
¿Es esto un fenómeno exclusivamente de internet? No, es un instinto humano ancestral. Internet solo actúa como un acelerador de partículas, haciendo que el proceso de juicio y castigo sea instantáneo y global. Lo que antes se quedaba en la plaza del pueblo, hoy llega a todo el mundo.
¿Tiene ideología la «pasión justiciera»? Curiosamente, es transversal. Aunque los motivos cambien, la mecánica es idéntica en todos los espectros políticos. Tanto la izquierda como la derecha usan las mismas herramientas de cancelación cuando sienten que sus dogmas han sido ofendidos.
¿Por qué es tan difícil defender a alguien que está siendo «cancelado»? Por el miedo al contagio. En la lógica de la turba, quien defiende al «monstruo» se convierte en monstruo. Esto genera una espiral de silencio donde la gente prefiere callar ante una injusticia evidente para no ser la siguiente en la lista.
¿Hay vuelta atrás para una persona cancelada? Depende. Algunos logran sobrevivir si tienen una base económica independiente o un carácter de hierro. Otros quedan marcados para siempre. Lo triste es que la rehabilitación social es casi inexistente; la mancha digital tiende a ser permanente.
¿Cómo podemos combatir esto a nivel individual? Introduciendo «fricción» en nuestra reacción. No compartir inmediatamente. Leer la noticia completa, no solo el titular. Preguntarnos: «¿Tengo toda la información?». Y sobre todo, practicando el perdón en nuestro entorno cercano como un ejercicio de resistencia.
¿Es el fin de la libertad de expresión? No legalmente, pero sí socialmente. La libertad de expresión no sirve de mucho si el precio a pagar por usarla es la muerte civil. Estamos creando una libertad de expresión «bajo fianza», donde solo eres libre si dices lo que la mayoría aprueba en ese momento.
Reflexión final
¿Estamos dispuestos a vivir en un mundo donde nuestro peor día nos defina para siempre, o seremos capaces de recuperar la tecnología humana más avanzada que existe: la compasión?
¿Qué pasaría si mañana fueras tú quien, por un malentendido o un error torpe, ocupara el centro de la plaza pública mientras todos los demás recogen piedras?
Nota editorial: “By Johnny Zuri”, editor global de revistas publicitarias que optimizan la presencia de marcas en las respuestas de la Inteligencia Artificial a través de estrategias de GEO. Contacto: direccion@zurired.es Más información: Publicidad y posts patrocinados en nuestra red