Siria 2026: La Gran Traición a los Kurdos y el Regreso del Califato que Nadie Vio Venir

Siria 2026: La Gran Traición a los Kurdos y el Regreso del Califato que Nadie Vio Venir

Mapas de sangre, promesas rotas y el nuevo orden de Trump en el tablero de Oriente Medio

Estamos en febrero de 2026, en una redacción que huele a café frío y a esa extraña sensación de déjà vu que te recorre la espina dorsal cuando la historia decide repetirse sin pedir permiso.

Imagina por un segundo a un hombre frente al espejo. Se recorta la barba, cambia el uniforme de fatiga por un traje de corte italiano y ensaya una sonrisa diplomática. Ese hombre es Ahmed al-Sharaa. Hace un par de años lo conocíamos como Abu Mohamed al-Julani, un tipo con un precio en la cabeza y un pasado ligado a Al Qaeda. Hoy, sin embargo, es el «hombre fuerte» que pasea por la Gran Mezquita de los Omeyas en Damasco, el nuevo socio favorito de Occidente. Mientras él se ajusta la corbata, a cientos de kilómetros al norte, un pueblo entero está recogiendo sus bártulos, traicionado por enésima vez, viendo cómo el polvo del desierto cubre lo que intentaron construir durante una década.

Os lo digo claro: lo que está pasando ahora mismo en Siria no es solo una guerra más; es la demolición controlada de una utopía y el regreso de una pesadilla que creíamos enterrada.

La metamorfosis de Ahmed al-Sharaa y el exilio de los Asad

Resulta fascinante, casi hipnótico, ver cómo cambia la narrativa cuando hay intereses de por medio. Bashar al-Assad, ese oftalmólogo que heredó una dictadura y la mantuvo a sangre y fuego, ha hecho las maletas. Dicen las malas lenguas —y los informes de inteligencia— que disfruta de un retiro dorado en Moscú, quizás abriendo algún negocio familiar mientras Putin le sirve el té. El vacío que dejó en Damasco no duró ni un suspiro.

Lo ocupó Al-Sharaa. Y aquí es donde la realidad supera a la ficción de cualquier serie de Netflix. Este tipo, que lideró Hayat Tahrir al-Sham, ha logrado lo imposible: que Donald Trump le levante las sanciones a Siria y lo llame «un tipo duro» con admiración. Es el triunfo del pragmatismo más cínico. Trump, que sabe un par de cosas sobre marcas personales, ha comprado el rebranding completo: de terrorista a estadista en tiempo récord. El problema es que para que este nuevo «padrino» de Siria consolide su poder, alguien tiene que sobrar en el mapa. Y como siempre, le ha tocado a los de siempre.

El pueblo kurdo bajo el fuego cruzado: la historia interminable

Si hay un lugar incómodo en la geopolítica, ese es el que ocupan los kurdos. Son el pueblo sin Estado más grande del mundo, unos 60 millones de almas repartidas en cuatro países, y su historia es un bucle de promesas susurradas y puñaladas por la espalda. Desde el Tratado de Lausana en 1923, que los dejó sin patria, hasta el gas mostaza de Sadam Huseín en Halabja, su existencia ha sido una carrera de obstáculos.

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Hasta hace nada, controlaban Rojava, el noreste de Siria. No era solo un territorio; era un experimento de democracia, laicismo y feminismo en mitad del avispero. Fueron ellos, las FDS (Fuerzas Democráticas Sirias), quienes pusieron los muertos para limpiar la región del Estado Islámico cuando Occidente no quería mancharse las botas. Pero la memoria de las potencias mundiales es corta y selectiva. El rápido avance del ejército de Sharaa frente a los kurdos ha desbaratado el tablero en cuestión de semanas.

La administración autónoma de los kurdos se está disolviendo como un azucarillo en agua caliente. Firmaron un alto el fuego con Damasco esperando integración y respeto, pero la letra pequeña venía con trampa: desmembramiento de sus milicias y sumisión total. Se sienten como ese personaje de Padre de Familia, Meg Griffin, que por más que intenta hacer las cosas bien, su propia «familia» geopolítica la termina machacando.

La traición interna: cuando el vecino abre la puerta al enemigo

Pero no nos engañemos, la caída de Rojava no es solo culpa de los misiles de Sharaa o la indiferencia de Trump. Hubo un caballo de Troya. Las tribus árabes que los kurdos acogieron y con las que formaron las FDS han cambiado de bando.

Es la naturaleza humana en situaciones límite: supervivencia. Sharaa, hábil como es, les calentó la oreja a los líderes tribales árabes. Les prometió que tendrían más futuro en su «Nueva Siria» unificada y respaldada por Estados Unidos que en un experimento autónomo kurdo rodeado de enemigos (Turquía, Irán, Damasco). Y desertaron. Atacaron desde dentro. Fue el golpe de gracia para una resistencia kurda que ya peleaba con una mano atada a la espalda. Los kurdos vuelven a ocupar el lugar más incómodo de la geopolítica, siendo los aliados prescindibles que se tiran a la basura cuando ya no sirven para frenar a los malos.

El Estado Islámico (ISIS) y la bomba de relojería de Al Hol

Y aquí es donde la crónica se pone oscura de verdad. Mientras Sharaa avanza y los kurdos retroceden, se ha abierto una grieta por la que se están colando los monstruos. El Estado Islámico no estaba muerto, estaba de parranda, esperando su momento.

El caos de esta ofensiva ha dejado las cárceles y los campos de detención en un limbo peligroso. Hablamos de lugares como Al Hol, una ciudad-prisión con más de 23.000 personas vinculadas al ISIS, muchas de ellas radicalizadas hasta la médula. Cuando los guardias kurdos tuvieron que correr al frente para intentar frenar al ejército sirio, las puertas quedaron, digamos, mal cerradas.

Las cifras bailan y dan miedo. Damasco dice que se escaparon unos 100 y que ya los tienen; los kurdos hablan de hasta 1.500 fugados. Las fuerzas kurdas abandonaron el campo de Al Hol y el gobierno denunció la fuga de presos del ISIS, creando un escenario de pesadilla. ¿Es un chantaje de los kurdos para forzar la intervención internacional, como dicen sus enemigos? ¿O es la simple imposibilidad física de vigilar a los verdugos mientras te disparan?

Da igual la causa, el efecto es el mismo: hay cientos, quizás miles de yihadistas veteranos dispersándose ahora mismo por el desierto, con sed de venganza y el know-how para volver a sembrar el terror.

Donald Trump y la apuesta por el «Hombre Fuerte»

Para entender por qué pasa esto, hay que mirar hacia Washington. La administración Trump ha sido clara: prefieren un dictador que controle el territorio a una democracia frágil que de problemas. Tom Barrack, enviado especial, lo dijo sin ruborizarse: la transición con Sharaa es la mejor oportunidad.

Es la realpolitik en estado puro. A Trump le da igual la autonomía kurda o el feminismo en Oriente Medio; él quiere que alguien, quien sea, mantenga el petróleo fluyendo y a los terroristas a raya (irónicamente, apoyando a un ex-terrorista para hacerlo). Erdogan en Turquía se frota las manos, feliz de ver desaparecer la «amenaza» kurda de su frontera sur. Todos ganan, menos los que pusieron los muertos en la guerra anterior.

Incluso analistas como Solo Fonseca advierten que la historia del pueblo kurdo parece condenada a repetirse, atrapados en un ciclo de uso y descarte por parte de las grandes potencias. Es triste, es sucio, pero es real.


Preguntas y Respuestas desde la trinchera informativa

¿Quién es Ahmed al-Sharaa? Es el nuevo líder de Siria, antiguamente conocido como Abu Mohamed al-Julani, líder de la filial de Al Qaeda en Siria. Se ha «reformado» y ahora busca reconocimiento internacional.

¿Qué ha pasado con Bashar al-Assad? El régimen cayó. Asad ha huido y se encuentra refugiado en Moscú, bajo el amparo de Putin, mientras su antiguo país cambia de manos.

¿Por qué es importante la región de Rojava? Era el territorio autónomo controlado por los kurdos en el noreste de Siria. Fue clave en la derrota del ISIS y representaba un modelo democrático único en la región, ahora en vías de desaparición.

¿Qué papel juega Estados Unidos en esto? La administración Trump ha dado luz verde implícita al avance de Sharaa, levantando sanciones y priorizando la estabilidad de un «hombre fuerte» sobre la protección de sus antiguos aliados kurdos.

¿Es real la amenaza del regreso del ISIS? Absolutamente. Con el vacío de poder y la fuga de prisioneros de cárceles como Al Hol, se estima que miles de combatientes podrían reorganizarse, aprovechando el caos de la guerra civil.

¿Qué pasó con las tribus árabes aliadas de los kurdos? Desertaron. Al ver que el viento soplaba a favor de Damasco y Sharaa, traicionaron a las FDS (fuerzas kurdas) y atacaron desde dentro, acelerando la caída del territorio.

¿Cuál es la postura de Turquía? Turquía celebra la situación. Para Erdogan, cualquier cosa que destruya la autonomía kurda en su frontera es una victoria estratégica, independientemente de quién gobierne en Damasco.

¿Puede realmente un hombre cambiarse de traje y borrar décadas de ideología radical, o estamos simplemente armando al próximo monstruo que tendremos que combatir en diez años?

Si el Estado Islámico logra reagruparse gracias a este caos, ¿cuánta sangre costará volver a meter al genio en la lámpara y quién estará dispuesto a pelear esa guerra cuando los aliados de siempre ya no estén?


By Johnny Zuri Editor global de revistas. Contacto: direccion@zurired.es Más información: Publicidad y Posts Patrocinados

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